Ojalá tuviéramos, como los radios o los televisores, algún botón para cambiar de frecuencia; pasar del canal de la queja estéril al de la propuesta trascendente; pero es muy difícil porque se trata de usos y costumbres profundamente arraigados en nuestra cultura latina.
Sé que podemos intentarlo y me atrevo a decir que hasta a lograrlo, haciendo propuestas profesionales, correctamente estructuradas, inteligentes y comprometidas, que no dejen lugar a dudas, que obliguen a las instituciones a implementarlas por su sustento jurídico, por su viabilidad económica y operativa, por su autosustentabilidad y por su pertinencia social, no solo por la conveniencia unipersonal de quien las presenta.
Solo arrastrando el lápiz y haciendo transpirar a las neuronas, se llega al verdadero sentido de una propuesta, solo mirando alrededor con sensibilidad y amor al terruño, pero también con un sentido metodológico se detectan las verdaderas necesidades de una sociedad, y entonces, solo entonces, se puede incidir en ella ya sea desde la individualidad, desde la colectividad o desde la oficialidad, pasando de las ocurrencias de escritorio a los programas legítimos que son finalmente el sentido correcto de la política, esa palabra tan satanizada en nuestros días, pero tan noble en su estricto y literal sentido; el de ser la "actividad humana que tiene como objetivo gobernar o dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad".
