sábado, 21 de agosto de 2010

SYNTEK Y LOPEZ: ESENCIA DEL BICENTENARIO

¿Por qué dicen que el tema de Aleks Syntek y Jaime López no está a la altura de las celebraciones del bicentenario?. ¡Al contrario! ese es justamente el nivel de las celebraciones: parafernalia, frases huecas, eventos carnavalescos, dispendio insultante de recursos en pseudomonumentos que ni estarán terminados a tiempo, ni constituyen una representación medianamente coherente del verdadero significado de estas dos gestas, parteaguas ambas en el devenir de nuestra historia y de nuestra identidad como pueblo, otrora aguerrido, independiente y revolucionario.
Indiscutiblemente, ambos músicos son importantes y muy respetados en sus respectivos derroteros; el primero, autor de "Sexo pudor y lágrimas" y "El Camino", es un icono del pop latino que se codea con figuras de la talla de Miguel Bosé, Juan Gabriel o José José, un músico talentoso y creativo en el contexto del género tecno-pop que ha sabido sobrellevar una carrera limpia, simpática y productiva, mientras que el segundo, lanzado al estrellato en los ochentas por Raúl Velasco con temas como "El Mequetrefe" y "Ella empacó su bistec", fue una de las muchas estrellas efímeras de aquellos años, un cantautor al principio difícil de ubicar en un género en particular, converso, al pasar de los años y de una buena dosis de anonimato, al estatus de rockero urbano, muy apreciado por gente como Ricardo Rocha y por un segmento muy especifico del México capitalino, un cantautor de quien en otras esferas no se había vuelto a saber mucho hasta ahora, gracias a su desafortunada coparticipación en la auotría de este tema musical que a modo de punta del iceberg, amén de hacer a Moncayo revolcarse en su tumba, ha puesto en jaque, junto con otra serie de situaciones anómalas y denesnables, la imagen de quienes toman las decisiones al seno de los comités organizadores de las monumentales celebraciones patrias, quienes ante el escarnio, han desconocido públicamente al tema como himno oficial del Bicentenario, dejando en el aire la duda de a cuánto ascendió la factura por la composición, producción e interpretación de la malograda canción.
La opinión pública -aunque todavía queda en duda que sea en realidad la parte pensante del asunto- se pronunció, y la cosa terminó en escándalo, pero por qué fingir asombros que no van al caso, por qué asumir actitudes hipócritas y snobistas. Syntek y López, como buenos músicos por encargo que son, no hicieron otra cosa que captar a la perfección el mensaje que las instituciones y los mercaderes de los medios han querido transmitirnos en todo momento, y confeccionaron con habilidad, pero también con gran ingenuidad, un traje justo a la medida de los requerimientos de sus clientes. El resultado, un estridente y acartonado SHALALÁ pop-rock-huapanguero, ornamentado con rimas fáciles, lugares comunes y costrucciones gramaticales simplonas, que raya en la lambisconería institucional y no hace otra cosa que reflejar la escencia de esa suerte de pensamiento que habita en lo más profundo de las neuronas de las hegemonías política, económica y mediática que rigen en la actualidad, los destinos de nuestra incomprendida, maltratada y bicentenaria patria.

sábado, 24 de abril de 2010

¿Y LA CULTURA ‘APÁ’?

Los chihuahuenses vivimos tiempos complejos. La incertidumbre y el miedo se anteponen al bienestar como un muro que se vislumbra impenetrable. La violencia se manifiesta por todos los rincones de nuestro espacio vital y nos hace conscientes como nunca antes de nuestra vulnerabilidad y de la profunda incapacidad que denotan quienes son los responsables de garantizar seguridad y de impartir justicia.

El ser y hacer violencia permea hasta lo más hondo de la condición humana lastimándola y corrompiéndola hasta la médula. En los medios de nuestra entidad, el antivalor se apodera de los encabezados en las primeras planas de los diarios y nos escupe en tinta color sangre, a ocho columnas, con su edecán en lencería al lado su hegemonía, confinando los buenos contenidos a unos cuantos artículos de interiores casi imperceptibles y rodeados de anuncios estridentes y de más noticias de nota roja, de guerra sucia, de mala política o de espectáculos vodevilescos, sin dejar de lado, por supuesto, las anodinas noticias deportivas y las melosas y trilladas notas de sociales que ni siquiera llegan a ser reseñas mínimanente elaboradas de la tremenda parranda organizada en honor de algún miembro de la realeza citadina, o de alguna ensoñada y clasemediera fiesta de quince años. Basura editorial amparada por la licencia de ser “lo que vende”.

Los medios televisivos, sobre todo los de TV abierta, no son la excepción; lo más amable de lo que son capaces los noticieros o los programas de revista matutinos, o de fin de semana, es la nota rosa y farandulera carente por completo de contenido y mal-redactada alrededor de personajes que ni cantan, ni actúan, ni producen, pero por alguna extraña razón trabajan –y cobran- de “famosos”, y constituyen una clase completamente ajena a nuestra realidad cotidiana.

Y la cultura?... cuál es el espacio que según los empresarios mediáticos merece ocupar en sus tiempos aire o en las columnas por pulgada de sus cajas de texto? ¿Cuándo una nota cultural es honrada colocándola en la primera plana con una cabeza a ocho columnas? ¿Qué noticiero abre su emisión con una noticia cultural? ¿Dónde quedaron los suplementos dominicales que antaño hacían acopio del pensamiento y de la belleza, y los proyectaban con una acertada y pulcra curaduría editorial?. Hace todavía unos pocos años, algunos periódicos, de manera gratuita y por mero posicionamiento de imagen, brindaban a la cultura alguna primera plana de su sección de espectáculos cuando a juicio del editor, la nota reunía los méritos necesarios para ocupar dicho espacio. Hoy el posicionamiento favorable o no de una nota cultural y el espacio a ella asignado se basan en la inversión publicitaria que la instancia organizadora de la actividad tenga a bien aportar a la empresa editora. Es decir que la difusión de la cultura, ese derecho constitucional que tenemos como mexicanos, se mide en los medios con la misma vara que una venta nocturna o un martes de frutas y verduras de algún supermercado local.

Al margen de estas políticas mediáticas descaradamente anticulturales, se vislumbra, atenuado e incipiente, un panorama un tanto más alentador. Bienintencionados y no pocos han sido los esfuerzos institucionales, empresariales y civiles en favor de posicionar a la cultura como parte irrenunciable de nuestra vida, y de arraigarla en nuestra conciencia como un elemento fundamental –que de hecho lo es- para nuestro bienestar y el de nuestros hijos, pero al final de cuentas, no han logrado a cabalidad tal cometido porque navegan contra corriente en aguas donde el humanismo no es precisamente el sentido que lleva el caudal, ya que en la cartografía social, política, económica y educativa de nuestro Chihuahua en este siglo XXI, todos los afluentes llevan a un enajenante proceso de deshumanización materialista donde el poder y el dinero se persiguen como un fin supremo que justifica cualquier medio por truculento, violento o nocivo que este sea.

La inmediatez lleva a una nula perspectiva de futuro, las acciones políticas y económicas actuales no están hechas para trascender, sin embargo, la cultura sí; el trabajo constante de los creadores que materializan el pensamiento y la sensibilidad en obras plásticas, arquitectónicas, artesanales o literarias, y en manifestaciones teatrales, musicales o dancísticas, es lo que a lo largo de la historia ha venido conformando nuestra identidad y nuestro patrimonio. Recordemos que el arte, en sus concepciones realistas, o surrealistas, concretas o abstractas, bellas o grotescas, académicas o populares, no es otra cosa que una síntesis de la realidad a la luz del momento histórico en el que la obra artística es realizada.

Sea por el simple y natural impulso del ego o por una actitud genuina de compromiso social o de denuncia, el artista devuelve su obra al público, como un espejo devuelve el reflejo a quien lo mira. Si el acto es íntimo o masivo da lo mismo, de cualquier modo su efecto será multiplicador en la escala que deba serlo, e irá más allá del acto para quedar grabado en el alma de quien lo disfrute y sumarse a otras experiencias estéticas propias y ajenas, conformando así, eso que gustamos de llamar conciencia o memoria colectivas.

La cultura prevalece a costa de lo que sea como un blindaje sólido y luminoso capaz de protegernos de lo que como sociedad nos hace daño; el arte florece a la luz de la libertad de expresión o a la sombra de la censura, la diferencia radica en el valor y el reconocimiento que como sociedad le brindemos, en los espacios que instituciones, medios, empresas, asociaciones e individuos conquistemos para sus diversas expresiones, de la misma manera en que la expresión artística es capaz de conquistarnos.

El artista es generoso, seamos generosos con su obra, apreciándola, fomentándola, preservándola y difundiéndola. Finalmente los beneficiarios somos nosotros, nuestra comunidad que sólo a través de la revaloración y del reconocimiento de su identidad cultural, podrá forjar una plataforma hacia la reconquista de su dignidad y la rectificación del camino hacia su trascendencia.

sábado, 17 de abril de 2010

Alberto Carlos y los Amates Barrocos

A mediados de los 80s, mi padre, el pintor Alberto Carlos, realizaba por compromisos profesionales, un viaje que le llevó varios días de ausencia de la ciudad. En esos días, pasó por la casa un vendedor sureño que cargaba a sus espaldas un envoltorio muy grande, y andaba de puerta en puerta pidiendo ayuda económica para poder regresar a su tierra, ya que había sido víctima de un robo que le había dejado sin recursos para el viaje.

A mi madre le conmovió la situación de aquel hombre, pero a la vez le llamó la atención el rollo que traía cargando en la espalda; el producto era papel amate, una suerte de papiro tradicional elaborado en el sur del país que consiste en corteza de árbol cocida, aglutinada y aplanada en forma de hojas, en un proceso totalmente manual, que eran utilizadas en la época prehispánica para dibujar los códices, narrativas gráficas que han sido encontradas casi intactas cientos de años después de su creación, lo que hace evidente la gran capacidad de preservación y durabilidad que tiene este material.

Por el proceso rudimentario con el que es fabricado, el papel amate, en sus diferentes tonalidades en la gama de los ocres, tiene una textura rugosa que le genera muchas formas caprichosas e irrepetibles; no hay una hoja igual a otra, incluso el que hoy se hace de manera industrial, si bien menos rugoso y con mayor diversidad de tonalidades artificiales, es igualmente diverso en los dibujos que le brindan los fragmentos de corteza o de pulpa de celulosa que lo componen.

Mi madre, sorprendida por la textura del papel, pensó que a mi padre le podría servir para algo, y en afán de ayudar al desafortunado vendedor, le compró los varios metros que llevaba encima, pensando que si mi padre no le daba uso, ella podría encontrarle algún destino útil.

Cuando mi padre regresó de su viaje, mi madre le mostró el papel que había comprado. Artista al fin, y con la gran imaginería plástica que le caracterizaba, mi padre quedó sorprendido con el enorme potencial estético que aquel material podía aportar a su creación pictórica. Ya anteriormente, y de manera casi premonitoria, había experimentado lo que él denominaba pintura de rescate, que era el trazo sobre un plano, de una serie de manchas caóticas creadas con diferentes tintas que posteriormente observaba para rescatar de ellas, a través de trazos, resaltes, sombras y texturas, las figuras que la mancha, a través de su imaginación, le sugería. De ahí surgieron una serie de óleo tintas que marcaron una etapa importante en su propuesta estética, además de prácticamente significar su regreso a los lienzos en la segunda mitad de los setentas, después de casi ocho años de una prácticamente nula actividad artística, consecuencia de su gestión como director de Bellas Artes de la UACH, cargo que le ocupaba todo su tiempo y su pensamiento.

El amate representó una continuidad, y aún más allá, una consolidación de ese proceso de búsqueda que era la pintura de rescate. Desde las primeras obras creadas en amate, la decisión de trabajar con técnica mixta y materiales y sustancias tanto alternativas como convencionales, potenció de manera exponencial las posibilidades creativas de esta nueva aventura plástica que tuvo su presentación en sociedad a través de una exposición, hacia 1986, denominada "Amates Barrocos", la cual fue un rotundo éxito, no solo en ventas, sino en comentarios, en críticas positivas y en reseñas publicadas en los diferentes medios de comunicación de la época en Chihuahua y en otros estados del país y del sur de Estados Unidos, donde la colección fue exhibida.

Alberto Carlos continuó explorando y depurando esta técnica durante el resto de su vida, de tal manera que pueden encontrase en su amplio catálogo, amates pintados en la segunda mitad de los ochentas o en diferentes momentos de los noventas, siendo los últimos, los creados en el año 2000, a pocos meses de su deceso el 16 de noviembre de ese mismo año.

En los amates de Alberto Carlos podemos observar, basados en la línea del tiempo, una constante evolución, un notorio enriquecimiento temático y una vuelta al auténtico origen de las bellas artes que es mirar el mundo a través de una imaginación dotada de cultura, y de una inquebrantable capacidad de asombro.

viernes, 26 de marzo de 2010

A Rafael Ávila (in memoriam)

Antes, la edad de los "que en paz descanse" empezaba por allá por los 60 ó los 70 años, pero en estos andares por los caminos de la cultura, las brechas generacionales se difuminan hasta casi desaparecer. En este mundillo entrañable, las buenas conversaciones alrededor de una taza de café o de un buen tinto forjan amistades de todas las edades, estratos, géneros y hasta patologías. De esta forma, mi círculo de amigos comprende desde personas que apenas rayan la mayoría de edad, hasta auténticos patrimonios vivientes de la humanidad que superan las siete u ocho décadas, pero que a la sazón de una vida ejercitando las neuronas, siguen siendo tan frescos y tan lozanos en sus ideas como ya quisieran serlo varios veinte, treinta o cuarentaañeros que conozco.
Es por eso que durante el año, mi agenda acumula varios moños negros de amigos queridos que deciden emprender el viaje y nos dejan en esa especie de orfandad espiritual de la que el trovador Alberto Cortez canta con maestría en su "Cuando un amigo se va", por todos conocida, pero que a la luz de las circunstancias de edad del ahora irremediablemente ausente, la resignación llega pronto, y la tristeza del momento deja lugar a los buenos recuerdos.
Pero cuando el que se va aún no alcanza las cuatro décadas y deja brillantes proyectos inconclusos y toda una vida por disfrutar, la cosa es distinta. La ya mencionada resignación, ese proceso interior donde el razonamiento le da un apapacho en la espalda a la emoción y la tranquiliza hablándole quedito al oído, no termina de llegar, al menos en el corto y mediano plazos.
Rafael Ávila era un personaje de esos que se dan uno por década y que van, los muy canallas, imprimiendo su huella indeleble en el alma de quienes tenemos la fortuna de conocerlos. Al grito de "quiero gozar, aunque sólo sea de demasía" el moreno, desparpajado y corpulento poeta sabía que iba a morir joven; dos comas al hilo y una agresiva pancreatitis no le auguraban en absoluto posibilidad alguna de longevidad, lo que le llevó a vivir de prisa sus 36 años sin frenos y sin censuras. Sus legendarias juergas, sus ingeniosos aforismos y su capuccino de dos tiempos, se conjugaban con su preclara e innovadora poesía, así como sus apasionados y altamente fructíferos esfuerzos en la revaloración y la promotoría de las más pintorescas y transgrersoras formas del arte popular. Era un emprendedor de riesgosas hazañas culturales en las que la polémica no se hacía esperar y por ende, eran el plato preferido de la prensa y un verdadero imán para la atracción de públicos. En alguna entrevista radiofónica que tuve el gusto y el honor de realizarle, le bauticé como "El Zar de la contracultura chihuahuense", título que le daba mucha risa, de esa que deja entrever un cierto orgullo.
El Rafa se pasaba por el arco del triunufo las brechas generacionales y lo mismo se le veía donjuaneando con chicuelas de 18 o con distinguidas damas treintañeras, que entablando serias y profundas conversaciones con ilustres personajes del pensamiento y la creación artística locales, nacionales e internacionales, o bien, practicando la "gozancia" en la escandalosa frivolidad de un table dance, o en la simple pero entrañable plática de café en la que arreglábamos el mundo con la fórmula mágica de dos cucharadas de azúcar, dos de crema, y un buen tema del cual hacer escarnio.
Vecinos de oficina, sólo un cristal demarcaba nuestros respectivos territorios, y de las nueve a las tres, la jornada transcurría en medio de puntadas, versos, sarcasmos, risas y grilleros contubernios, que a la postre, desembocaban en alguna idea seria que terminábamos materializando en algún evento o actividad donde el trabajo dejaba de ser tal, y se convertía en un thriller en donde éramos Rafa e Iván versus el clan infernal de la burocracia normativa y administrativa, que era nuestra peor enemiga y a la que siempre derrotábamos heroicamente, saliéndonos con la nuestra y brindando por ello con una copa de vino al final de cada evento.
Eran la 6:45 de la mañana de un día a finales de marzo de 2005, cuando me notificaron de su partida. Tras una neumonía diagnosticada a destiempo, Rafa decidío liberarse del cuerpo que le traicionaba, y emprendió el vuelo hacia la eternidad, dejándonos a los pobres mortales acá abajo recordándolo por siempre y celebrando su vida cada vez que la "gozancia" nos trae al corazón alguna de sus anécdotas, alguno de sus aforismos o algún verso travieso, transgresor y lúdico de su luminosa poesía.
Gracias Rafa, por siempre. No descanses en paz, eso no va contigo; por el contrario, donde estés, sigue practicando la gozancia a nuestra salud, aunque solo sea en demasía.

miércoles, 24 de marzo de 2010

De como los shaamanes se apoderaron del cable

Un día, por allá por los inicios de los años noventa, la televisión por cable se vistió de gala para dar paso a la versión hispana (traducida) de un canal de divulgación científica con documentales y programas producidos mayormente por la BBC de Londres. Había nacido el Discovery Channel y con él, un hito en la forma de hacer televisión de contenido con formatos amenos y novedosos. La seriedad con la cual se trataban temas de astronomía, ecología, tecnología, historia y antropología, entre otros, lo posicionó como un canal serio e incuestionable en su credibilidad.

Al poco tiempo, la misma cadena productora apuesta a la continuidad y la diversidad y al amparo de la misma fórmula, comienza a trasmitir otros canales un tanto más especializados como el History Channel, el Discovery Healt, seguidos por la versión televisiva de la prestigiada revista National Geographic, entre otros no menos célebres y formativos, muchos de ellos todavía al aire en la actualidad.

A finales de los noventa y principios del 2000, en medio de una vorágine de incipientes cable-canales, algunos buenos, otros malos y otros peores, de todos los estilos, temáticas y formatos, hace su aparición en la barra un canal que bajo el nombre de "Infinito", comienza a trasmitir programas con temáticas metafísicas, esotéricas, chaamánicas, pseudohistóricas, y hasta ufólogicas, tratadas con una aparente seriedad en su formato, pero ampliamente cuestionables en la fundamentación de sus argumentos para quienes estábamos acostumbrados al nivel de seriedad de los canales hasta ese momento dedicados a la divulgación de temas humanistas y científicos.

De pronto, pasados unos pocos meses de la aparición de "Infinito", seguramente presionados por la psicosis del rating, Discóvery Channel en un primer momento e History Channel un corto tiempo después, comienzan a transmitir programas especiales sobre estudios de fenómenos metafísicos, pseudocientíficos y paranormales.

Los televidentes cautivos de la televisión científica tuvimos la ingenua idea de que dichos programas iban a ser una especie de contrapunto de las propuestas de Infinito, y que su función sería la de desenmascarar historias fraudulentas o cuestionables, lo cual prometía un panorama interesante de debate y de reflexión entre dos formas distintas de entender la realidad; pero cual no sería nuestra sorpresa, cuando resultaron versar sobre lo mismo que los primeros, con un mejor maquillaje y una más elaborada producción, notoriamente superfinanciada.

Así, los criterios de la BBC quedaron en manos de productores codiciosos que transitando por el camino fácil, decidieron entreverar con las propuestas serias y veraces, programas que van directamente al morbo y que se valen de la ignorancia para posicionar creencias en asuntos poco claros y a decir verdad, con muy pocas expectativas de ser finalmente clarificados.

En el momento menos pensado, y ante el desencanto de algunos televidentes y la emoción de otros, comienzan a desfilar por la pantalla búsquedas de monstruos míticos, cacerías de fantasmas, rastreos de ovnis, vericuetos astrológicos y recuentos de profecías cataclísmicas, entre otros temas no menos misteriosos, pero todos ellos matizados con elementos tecnológicos que aparentan seguir un método científico, y que no son sino versiones digitales y con foquitos de las antiguas herramientas que utilizaban los shaamanes para encontrar agua o para realizar limpias.

El sol nace para todos y quienes gustan de las temáticas no apegadas a los preceptos científicos (me confieso lector ocasional lúdico de algunas de ellas) están en su derecho de disfrutar programas que llenen sus expectativas como televidentes, pero el mezclar dichos contenidos en el mismo canal donde otrora prevalecía la ciencia, en lugar de otorgarles un espacio de divulgación propio, es un ejercicio verdaderamente desafortunado para el televidente que ya no sabe si lo que está viendo es ciencia o pseudociencia.

El criterio correcto para resolver esta problemática tiene nombre, se llama segmentación, y es una herramienta que permite ofertar a cada quien su cada cual, y esto aplica en todos los órdenes del consumo, llámese de bienes o de servcios, lo cual incluye por supuesto a los medios de comunicación.

Paradógicamente, "Infinito", tras infectar el cuadrante del telecable, ahora cambió su concepto y ya no transmite documentales, sino series y películas con temáticas cercanas a su perfil original, pero ahora por lo menos, divulgados en el entendido de que son ficticias o dramatizadas.

Pero el daño está hecho, y DyCH, HiCH y ocasionalmente NatGeo, continuan traicionando su esencia en nombre de la una diversidad temática, más producto de la avariciosa ingerencia de una mercadotecnia malentendida que de un auténtico diseño mediático en el cual se demarque la diferencia respecto de los contenidos anodinos y comerciales de la televisión abierta, en el entendido de que el usuario del cable (y esto también es mercadotecnia) paga por esa diferencia.

Apología del pasado, negación del presente

Cuando era chico, un aula de 55 estudiantes me parecía insufrible, la clase de historia se volvía un galimatías entre avioncitos de papel, recaditos y murmullos. Fechas, personajes, hechos, datos, cifras y demás elementos teóricos desfilaban al pasar de los minutos hasta completarse la hora-clase, y pasar al siguiente tormento que bien podía ser matemáticas, español o naturales.
Hoy, treinta y tantos años después, me encuentro en medio de una clase de historia en la que el aula tiene más de cien millones de alumnos, no menos relajientos, distraidos y ruidosos. Las celebraciones centenarias, bicentenarias y tricentenarias han convertido a México en el aula de historia más grande jamás imaginada.
Cientos de programas sociales, educativos y culturales giran alrededor de la efemérides como si no hubiera nada más que hacer ni en que pensar que no sea la apología de un pasado histórico lleno de independencias simuladas y de revoluciones inconclusas; de discursos demagógicos y documentos políticos y legislativos bienintencionados, pero nunca llevados a la práctica a cabalidad. Celebramos una historia en la que prevalecen las enunciaciones por encima de las realizaciones; el culto al personaje por el personaje mismo, y por encima de un acercamiento crítico a su obra y las consecuencias históricas de la misma.
Desde muchos escritorios, funcionarios de organismos públicos, civiles y privados, organizan programas, comités, rutas, etc., y llevan la historia a niveles carnavalezcos y fetichistas que a la vieja usanza de las quemas de Judas y de los viacrucis de Semana Santa, presentan, o más bien, representan los hechos históricos en superproducciones caricaturezcas con personajes de tamaño natural, en las cuales se escenifican desde sus bodas, hasta sus sus tragedias, pasando por las parrandas que se corrieron a su paso por los pueblos de la atribulada patria, y hasta las siestas que durmieron debajo de algún árbol o la pernocta en algúna casona, cuyos respectivos troncos y tapias son ahora merecedores de convertirse en museos de sitio para orgullo del muncipio que otrora, "en aras del progreso", habría pensado en derrumbarlos para construir algún estacionameinto o alguna gasolinera, antes de ser detectados por el INAH y pasar a formar parte de estas patrióticas, pero efímeras celebraciones.
En este marco de teatralidad histórica, a Villa lo matan en Parral a cada rato, no solo en las Jornada Villistas, donde por cierto, se escenifica la gran cabalgata con jinetes, caballos, pastura, estiercol y todo; a Hidalgo lo mandamos al paredón cada mes de julio, y a Juarez lo paseamos por las brechas polvorientas del estado en una réplica de su carruaje, esto sin contar con los performances históricos que propios y ajenos disfrutan en los trolleys turísticos a cargo de jóvenes actrices y actores talentosos, pero que no dejan de ser finalmente caricaturas hechas para entretener al turismo, so pretexto de contar la historia.
No tengo datos precisos, pero imagino que los demás estados del páís andan por los mismos esquemas, sumando entre todos una inversión económica cuantiosa en aras de lo que llaman revaloración de la historia, una acción innegablemente necesaria, pero llevada a la práctica de manera visiblemente acartonada, y en un momento en que las fracturas políticas, sociales y morales de la sociedad presentan otra gama de necesidades que requieren con urgencia de ser atendidas, las más, deasfortunadamente a destiempo, tras haberlas dejado crecer y multiplicarse al amparo de ojos distraidos por el empeño de hacer lucir a un país mediante la parafernalia, el maquillaje y la simulación, más que por su progreso y por su aportación real a la construcción de un presente en el cual la historia sea tomada como una auténtica balanza que cojugue de manera inteligente y prospectiva los aciertos y los errores del pasado, en un conocimiento revalorado y reordenado que nos ayude a caminar hacia el futuro sin tropezarnos, como antaño y como siempre, con las mismas piedras.