miércoles, 24 de marzo de 2010

De como los shaamanes se apoderaron del cable

Un día, por allá por los inicios de los años noventa, la televisión por cable se vistió de gala para dar paso a la versión hispana (traducida) de un canal de divulgación científica con documentales y programas producidos mayormente por la BBC de Londres. Había nacido el Discovery Channel y con él, un hito en la forma de hacer televisión de contenido con formatos amenos y novedosos. La seriedad con la cual se trataban temas de astronomía, ecología, tecnología, historia y antropología, entre otros, lo posicionó como un canal serio e incuestionable en su credibilidad.

Al poco tiempo, la misma cadena productora apuesta a la continuidad y la diversidad y al amparo de la misma fórmula, comienza a trasmitir otros canales un tanto más especializados como el History Channel, el Discovery Healt, seguidos por la versión televisiva de la prestigiada revista National Geographic, entre otros no menos célebres y formativos, muchos de ellos todavía al aire en la actualidad.

A finales de los noventa y principios del 2000, en medio de una vorágine de incipientes cable-canales, algunos buenos, otros malos y otros peores, de todos los estilos, temáticas y formatos, hace su aparición en la barra un canal que bajo el nombre de "Infinito", comienza a trasmitir programas con temáticas metafísicas, esotéricas, chaamánicas, pseudohistóricas, y hasta ufólogicas, tratadas con una aparente seriedad en su formato, pero ampliamente cuestionables en la fundamentación de sus argumentos para quienes estábamos acostumbrados al nivel de seriedad de los canales hasta ese momento dedicados a la divulgación de temas humanistas y científicos.

De pronto, pasados unos pocos meses de la aparición de "Infinito", seguramente presionados por la psicosis del rating, Discóvery Channel en un primer momento e History Channel un corto tiempo después, comienzan a transmitir programas especiales sobre estudios de fenómenos metafísicos, pseudocientíficos y paranormales.

Los televidentes cautivos de la televisión científica tuvimos la ingenua idea de que dichos programas iban a ser una especie de contrapunto de las propuestas de Infinito, y que su función sería la de desenmascarar historias fraudulentas o cuestionables, lo cual prometía un panorama interesante de debate y de reflexión entre dos formas distintas de entender la realidad; pero cual no sería nuestra sorpresa, cuando resultaron versar sobre lo mismo que los primeros, con un mejor maquillaje y una más elaborada producción, notoriamente superfinanciada.

Así, los criterios de la BBC quedaron en manos de productores codiciosos que transitando por el camino fácil, decidieron entreverar con las propuestas serias y veraces, programas que van directamente al morbo y que se valen de la ignorancia para posicionar creencias en asuntos poco claros y a decir verdad, con muy pocas expectativas de ser finalmente clarificados.

En el momento menos pensado, y ante el desencanto de algunos televidentes y la emoción de otros, comienzan a desfilar por la pantalla búsquedas de monstruos míticos, cacerías de fantasmas, rastreos de ovnis, vericuetos astrológicos y recuentos de profecías cataclísmicas, entre otros temas no menos misteriosos, pero todos ellos matizados con elementos tecnológicos que aparentan seguir un método científico, y que no son sino versiones digitales y con foquitos de las antiguas herramientas que utilizaban los shaamanes para encontrar agua o para realizar limpias.

El sol nace para todos y quienes gustan de las temáticas no apegadas a los preceptos científicos (me confieso lector ocasional lúdico de algunas de ellas) están en su derecho de disfrutar programas que llenen sus expectativas como televidentes, pero el mezclar dichos contenidos en el mismo canal donde otrora prevalecía la ciencia, en lugar de otorgarles un espacio de divulgación propio, es un ejercicio verdaderamente desafortunado para el televidente que ya no sabe si lo que está viendo es ciencia o pseudociencia.

El criterio correcto para resolver esta problemática tiene nombre, se llama segmentación, y es una herramienta que permite ofertar a cada quien su cada cual, y esto aplica en todos los órdenes del consumo, llámese de bienes o de servcios, lo cual incluye por supuesto a los medios de comunicación.

Paradógicamente, "Infinito", tras infectar el cuadrante del telecable, ahora cambió su concepto y ya no transmite documentales, sino series y películas con temáticas cercanas a su perfil original, pero ahora por lo menos, divulgados en el entendido de que son ficticias o dramatizadas.

Pero el daño está hecho, y DyCH, HiCH y ocasionalmente NatGeo, continuan traicionando su esencia en nombre de la una diversidad temática, más producto de la avariciosa ingerencia de una mercadotecnia malentendida que de un auténtico diseño mediático en el cual se demarque la diferencia respecto de los contenidos anodinos y comerciales de la televisión abierta, en el entendido de que el usuario del cable (y esto también es mercadotecnia) paga por esa diferencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario