Antes, la edad de los "que en paz descanse" empezaba por allá por los 60 ó los 70 años, pero en estos andares por los caminos de la cultura, las brechas generacionales se difuminan hasta casi desaparecer. En este mundillo entrañable, las buenas conversaciones alrededor de una taza de café o de un buen tinto forjan amistades de todas las edades, estratos, géneros y hasta patologías. De esta forma, mi círculo de amigos comprende desde personas que apenas rayan la mayoría de edad, hasta auténticos patrimonios vivientes de la humanidad que superan las siete u ocho décadas, pero que a la sazón de una vida ejercitando las neuronas, siguen siendo tan frescos y tan lozanos en sus ideas como ya quisieran serlo varios veinte, treinta o cuarentaañeros que conozco.
Es por eso que durante el año, mi agenda acumula varios moños negros de amigos queridos que deciden emprender el viaje y nos dejan en esa especie de orfandad espiritual de la que el trovador Alberto Cortez canta con maestría en su "Cuando un amigo se va", por todos conocida, pero que a la luz de las circunstancias de edad del ahora irremediablemente ausente, la resignación llega pronto, y la tristeza del momento deja lugar a los buenos recuerdos.
Pero cuando el que se va aún no alcanza las cuatro décadas y deja brillantes proyectos inconclusos y toda una vida por disfrutar, la cosa es distinta. La ya mencionada resignación, ese proceso interior donde el razonamiento le da un apapacho en la espalda a la emoción y la tranquiliza hablándole quedito al oído, no termina de llegar, al menos en el corto y mediano plazos.
Rafael Ávila era un personaje de esos que se dan uno por década y que van, los muy canallas, imprimiendo su huella indeleble en el alma de quienes tenemos la fortuna de conocerlos. Al grito de "quiero gozar, aunque sólo sea de demasía" el moreno, desparpajado y corpulento poeta sabía que iba a morir joven; dos comas al hilo y una agresiva pancreatitis no le auguraban en absoluto posibilidad alguna de longevidad, lo que le llevó a vivir de prisa sus 36 años sin frenos y sin censuras. Sus legendarias juergas, sus ingeniosos aforismos y su capuccino de dos tiempos, se conjugaban con su preclara e innovadora poesía, así como sus apasionados y altamente fructíferos esfuerzos en la revaloración y la promotoría de las más pintorescas y transgrersoras formas del arte popular. Era un emprendedor de riesgosas hazañas culturales en las que la polémica no se hacía esperar y por ende, eran el plato preferido de la prensa y un verdadero imán para la atracción de públicos. En alguna entrevista radiofónica que tuve el gusto y el honor de realizarle, le bauticé como "El Zar de la contracultura chihuahuense", título que le daba mucha risa, de esa que deja entrever un cierto orgullo.
El Rafa se pasaba por el arco del triunufo las brechas generacionales y lo mismo se le veía donjuaneando con chicuelas de 18 o con distinguidas damas treintañeras, que entablando serias y profundas conversaciones con ilustres personajes del pensamiento y la creación artística locales, nacionales e internacionales, o bien, practicando la "gozancia" en la escandalosa frivolidad de un table dance, o en la simple pero entrañable plática de café en la que arreglábamos el mundo con la fórmula mágica de dos cucharadas de azúcar, dos de crema, y un buen tema del cual hacer escarnio.
Vecinos de oficina, sólo un cristal demarcaba nuestros respectivos territorios, y de las nueve a las tres, la jornada transcurría en medio de puntadas, versos, sarcasmos, risas y grilleros contubernios, que a la postre, desembocaban en alguna idea seria que terminábamos materializando en algún evento o actividad donde el trabajo dejaba de ser tal, y se convertía en un thriller en donde éramos Rafa e Iván versus el clan infernal de la burocracia normativa y administrativa, que era nuestra peor enemiga y a la que siempre derrotábamos heroicamente, saliéndonos con la nuestra y brindando por ello con una copa de vino al final de cada evento.
Eran la 6:45 de la mañana de un día a finales de marzo de 2005, cuando me notificaron de su partida. Tras una neumonía diagnosticada a destiempo, Rafa decidío liberarse del cuerpo que le traicionaba, y emprendió el vuelo hacia la eternidad, dejándonos a los pobres mortales acá abajo recordándolo por siempre y celebrando su vida cada vez que la "gozancia" nos trae al corazón alguna de sus anécdotas, alguno de sus aforismos o algún verso travieso, transgresor y lúdico de su luminosa poesía.
Gracias Rafa, por siempre. No descanses en paz, eso no va contigo; por el contrario, donde estés, sigue practicando la gozancia a nuestra salud, aunque solo sea en demasía.

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