A un año de su mudanza hacia otros derroteros, se recuerda a Facundo Cabral como un personaje emblemático de la cultura musical hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX, junto con Alberto Cortez, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute, Pablo Milanés, y Silvio Rodríguez, entre otros.
Trovador pampeano, nacido en la Plata en 1937, perteneció a una generación de cantautores fuertemente influenciada por artistas como Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, y Nestor Feria, y por los movimientos liberales de los años sesentas y setentas en los que se pregonaba el amor, la paz y el desprendimiento de lo material como un estilo de vida. Seguidor de Kishnamurti, colaborador de la Madre teresa de Calcuta, repetidor de Whitman y de Tagore, amigo de Borges, admirador de Jose Alfredo Jiménez, cómplice de Alberto Cortez en un par de afortunadas giras en los años noventa, Cabral fue solidario con su palabra en su manera de vivir.
No tenía grandes propiedades que lo ataran a un sitio; apenas contaba con un departamento en las instalaciones de un hotel en Buenos Aires que adquirió para instalar su biblioteca que ya no le cabía en la maleta. Reacio y seco con los fans y con la prensa a la hora del “besamanos”, su manera de ser artista no estaba fincada en los elogios, ni en el apapacho de las multitudes, ni en una nutrida agenda social; daba pocas entrevistas que para frustración de sus interlocutores no eran otra cosa que una continuación de su discurso escénico. Pocas veces se abría para salirse del guión y abordar de manera informal aspectos de ser humano que cohabitaba con el artista en un cuerpo que los últimos veintitantos años de su vida le hizo pasar cualquier cantidad de malos ratos por causa de una salud precaria que lo confinaba a prolongadas quimioterapias y que como secuela lo dejó casi ciego.
No tuvo descendencia biológica. Su única hija murió junto con su primera esposa en un accidente aéreo, suceso que lo marcó para siempre pero que a su propio decir, lo hizo crecer como ser humano para continuar difundiendo guitarra en mano su mensaje se libertad y de paz por más de ciento sesenta países a lo largo de cinco continentes.
Poco antes de su trágico desenlace contrajo nupcias con Silvia Pousa, de cuyo hijo era padrino y a quien quiso dejar su legado musical e intelectual legalmente, ya que culturalmente dicho legado nos pertenece a todos los que alguna vez lo admiramos y lo seguiremos escuchando a través de sus grabaciones y textos que se quedan para siempre como un testimonio de vida de un hombre que desde lo más bajo de la escala social e intelectual, supo desplegar las alas para volar por los más altos cielos del conocimiento, la creatividad, y la espiritualidad.


