domingo, 8 de julio de 2012

De manifestaciones, juventud y memoria histórica

Por Iván Carlos

Manifestarse no logra mucho a corto plazo; es un desahogo social, un derecho básico en el marco de una democracia, pero deja precedentes que ayudan a aprender de los errores cuando estos son valorados por las personas adecuadas en el momento adecuado.

Los jóvenes ponen el ejemplo en una lucha que difícilmente se ganará hoy, pero formará parte del expediente que servirá a la historia, implacable juez que todo lo desentraña, para emitir su veredicto justo y ecuánime.

Sólo espero que esos jóvenes que hoy, de manera valiente y legítima se manifiestan, conserven el día de mañana intactos sus ideales de justicia, democracia e igualdad. Sé, porque sucede siempre, que muy pocos lo harán. La madurez, en las más de las ocasiones acaba con el ímpetu de la juventud. Llegan los intereses, la añorada "estabilidad", el cansancio que se transforma en conformidad ante lo que el paternalismo oficial ofrece a sus lacayos: migajas de bienestar disfrazadas de paz social que son aceptadas comodina y mansamente por la mayoría.

Me gusta este capítulo de nuestra historia que estamos viviendo, no porque estemos en el mejor de nuestros momentos en materia de economía, bienestar y justicia social, sino porque me emociona ver a la gente gritar a voz en cuello a los que detentan el mando que nunca más volverán a transitar por la libre, que hay ojos y oídos vigilándoles en todo momento y herramientas para echar por tierra cualquier posibilidad de engaño mediático con unos cuantos clicks y un mucho de voluntad ciudadana.

México es de su gente, no de sus mandatarios. Éstos tienen el poder, pero no la autoridad; esa se gana con eficiencia y buen gobierno, y ahora más que nunca, el pueblo está ahí para otorgársela o denegársela ante un ejercicio incorrecto, ante tomas de decisiones que no velen por el bien común llámesele como se le llame: justicia, crecimiento, progreso, cultura, educación, etc.

Yo no soy 132; soy sólo uno entre miles que desde su propia trinchera y sin etiquetas políticas que me aten a una formula ideológica o a un partido determinado, busca dar a nuestros hijos un país mejor a través del trabajo y de la voluntad de servir a los demás; tal vez no me verán en las calles con una pancarta, pero respeto y aplaudo a quienes lo hacen porque ejercen su derecho –nuestro derecho- cabalmente. Me siento representado por ellos más que por cualquier senador o diputado en las cámaras, me siento protegido por ellos más que por cualquier oficial de policía o elemento de la milicia y finalmente, me siento cobijado por ellos más que por cualquier plan estatal o nacional de desarrollo basado en decisiones de escritorio insensibles y lejanas al sentir verdadero de la gente.

Qué Dios guarde a los jóvenes que actúan conforme a lo que piensan y a quienes luchan de manera legítima por un renovado amanecer en el devenir de un México fuerte y saludable, de un México donde por encima de colores y logotipos, prevalezca el amor, el respeto y el compromiso con ese terruño tan nuestro como, tuyo, mío, de todas y de todos, al que nos gusta llamarle PATRIA.

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