Los chihuahuenses vivimos tiempos complejos. La incertidumbre y el miedo se anteponen al bienestar como un muro que se vislumbra impenetrable. La violencia se manifiesta por todos los rincones de nuestro espacio vital y nos hace conscientes como nunca antes de nuestra vulnerabilidad y de la profunda incapacidad que denotan quienes son los responsables de garantizar seguridad y de impartir justicia.
El ser y hacer violencia permea hasta lo más hondo de la condición humana lastimándola y corrompiéndola hasta la médula. En los medios de nuestra entidad, el antivalor se apodera de los encabezados en las primeras planas de los diarios y nos escupe en tinta color sangre, a ocho columnas, con su edecán en lencería al lado su hegemonía, confinando los buenos contenidos a unos cuantos artículos de interiores casi imperceptibles y rodeados de anuncios estridentes y de más noticias de nota roja, de guerra sucia, de mala política o de espectáculos vodevilescos, sin dejar de lado, por supuesto, las anodinas noticias deportivas y las melosas y trilladas notas de sociales que ni siquiera llegan a ser reseñas mínimanente elaboradas de la tremenda parranda organizada en honor de algún miembro de la realeza citadina, o de alguna ensoñada y clasemediera fiesta de quince años. Basura editorial amparada por la licencia de ser “lo que vende”.
Los medios televisivos, sobre todo los de TV abierta, no son la excepción; lo más amable de lo que son capaces los noticieros o los programas de revista matutinos, o de fin de semana, es la nota rosa y farandulera carente por completo de contenido y mal-redactada alrededor de personajes que ni cantan, ni actúan, ni producen, pero por alguna extraña razón trabajan –y cobran- de “famosos”, y constituyen una clase completamente ajena a nuestra realidad cotidiana.
Y la cultura?... cuál es el espacio que según los empresarios mediáticos merece ocupar en sus tiempos aire o en las columnas por pulgada de sus cajas de texto? ¿Cuándo una nota cultural es honrada colocándola en la primera plana con una cabeza a ocho columnas? ¿Qué noticiero abre su emisión con una noticia cultural? ¿Dónde quedaron los suplementos dominicales que antaño hacían acopio del pensamiento y de la belleza, y los proyectaban con una acertada y pulcra curaduría editorial?. Hace todavía unos pocos años, algunos periódicos, de manera gratuita y por mero posicionamiento de imagen, brindaban a la cultura alguna primera plana de su sección de espectáculos cuando a juicio del editor, la nota reunía los méritos necesarios para ocupar dicho espacio. Hoy el posicionamiento favorable o no de una nota cultural y el espacio a ella asignado se basan en la inversión publicitaria que la instancia organizadora de la actividad tenga a bien aportar a la empresa editora. Es decir que la difusión de la cultura, ese derecho constitucional que tenemos como mexicanos, se mide en los medios con la misma vara que una venta nocturna o un martes de frutas y verduras de algún supermercado local.
Al margen de estas políticas mediáticas descaradamente anticulturales, se vislumbra, atenuado e incipiente, un panorama un tanto más alentador. Bienintencionados y no pocos han sido los esfuerzos institucionales, empresariales y civiles en favor de posicionar a la cultura como parte irrenunciable de nuestra vida, y de arraigarla en nuestra conciencia como un elemento fundamental –que de hecho lo es- para nuestro bienestar y el de nuestros hijos, pero al final de cuentas, no han logrado a cabalidad tal cometido porque navegan contra corriente en aguas donde el humanismo no es precisamente el sentido que lleva el caudal, ya que en la cartografía social, política, económica y educativa de nuestro Chihuahua en este siglo XXI, todos los afluentes llevan a un enajenante proceso de deshumanización materialista donde el poder y el dinero se persiguen como un fin supremo que justifica cualquier medio por truculento, violento o nocivo que este sea.
La inmediatez lleva a una nula perspectiva de futuro, las acciones políticas y económicas actuales no están hechas para trascender, sin embargo, la cultura sí; el trabajo constante de los creadores que materializan el pensamiento y la sensibilidad en obras plásticas, arquitectónicas, artesanales o literarias, y en manifestaciones teatrales, musicales o dancísticas, es lo que a lo largo de la historia ha venido conformando nuestra identidad y nuestro patrimonio. Recordemos que el arte, en sus concepciones realistas, o surrealistas, concretas o abstractas, bellas o grotescas, académicas o populares, no es otra cosa que una síntesis de la realidad a la luz del momento histórico en el que la obra artística es realizada.
Sea por el simple y natural impulso del ego o por una actitud genuina de compromiso social o de denuncia, el artista devuelve su obra al público, como un espejo devuelve el reflejo a quien lo mira. Si el acto es íntimo o masivo da lo mismo, de cualquier modo su efecto será multiplicador en la escala que deba serlo, e irá más allá del acto para quedar grabado en el alma de quien lo disfrute y sumarse a otras experiencias estéticas propias y ajenas, conformando así, eso que gustamos de llamar conciencia o memoria colectivas.
La cultura prevalece a costa de lo que sea como un blindaje sólido y luminoso capaz de protegernos de lo que como sociedad nos hace daño; el arte florece a la luz de la libertad de expresión o a la sombra de la censura, la diferencia radica en el valor y el reconocimiento que como sociedad le brindemos, en los espacios que instituciones, medios, empresas, asociaciones e individuos conquistemos para sus diversas expresiones, de la misma manera en que la expresión artística es capaz de conquistarnos.
El artista es generoso, seamos generosos con su obra, apreciándola, fomentándola, preservándola y difundiéndola. Finalmente los beneficiarios somos nosotros, nuestra comunidad que sólo a través de la revaloración y del reconocimiento de su identidad cultural, podrá forjar una plataforma hacia la reconquista de su dignidad y la rectificación del camino hacia su trascendencia.
El ser y hacer violencia permea hasta lo más hondo de la condición humana lastimándola y corrompiéndola hasta la médula. En los medios de nuestra entidad, el antivalor se apodera de los encabezados en las primeras planas de los diarios y nos escupe en tinta color sangre, a ocho columnas, con su edecán en lencería al lado su hegemonía, confinando los buenos contenidos a unos cuantos artículos de interiores casi imperceptibles y rodeados de anuncios estridentes y de más noticias de nota roja, de guerra sucia, de mala política o de espectáculos vodevilescos, sin dejar de lado, por supuesto, las anodinas noticias deportivas y las melosas y trilladas notas de sociales que ni siquiera llegan a ser reseñas mínimanente elaboradas de la tremenda parranda organizada en honor de algún miembro de la realeza citadina, o de alguna ensoñada y clasemediera fiesta de quince años. Basura editorial amparada por la licencia de ser “lo que vende”.
Los medios televisivos, sobre todo los de TV abierta, no son la excepción; lo más amable de lo que son capaces los noticieros o los programas de revista matutinos, o de fin de semana, es la nota rosa y farandulera carente por completo de contenido y mal-redactada alrededor de personajes que ni cantan, ni actúan, ni producen, pero por alguna extraña razón trabajan –y cobran- de “famosos”, y constituyen una clase completamente ajena a nuestra realidad cotidiana.
Y la cultura?... cuál es el espacio que según los empresarios mediáticos merece ocupar en sus tiempos aire o en las columnas por pulgada de sus cajas de texto? ¿Cuándo una nota cultural es honrada colocándola en la primera plana con una cabeza a ocho columnas? ¿Qué noticiero abre su emisión con una noticia cultural? ¿Dónde quedaron los suplementos dominicales que antaño hacían acopio del pensamiento y de la belleza, y los proyectaban con una acertada y pulcra curaduría editorial?. Hace todavía unos pocos años, algunos periódicos, de manera gratuita y por mero posicionamiento de imagen, brindaban a la cultura alguna primera plana de su sección de espectáculos cuando a juicio del editor, la nota reunía los méritos necesarios para ocupar dicho espacio. Hoy el posicionamiento favorable o no de una nota cultural y el espacio a ella asignado se basan en la inversión publicitaria que la instancia organizadora de la actividad tenga a bien aportar a la empresa editora. Es decir que la difusión de la cultura, ese derecho constitucional que tenemos como mexicanos, se mide en los medios con la misma vara que una venta nocturna o un martes de frutas y verduras de algún supermercado local.
Al margen de estas políticas mediáticas descaradamente anticulturales, se vislumbra, atenuado e incipiente, un panorama un tanto más alentador. Bienintencionados y no pocos han sido los esfuerzos institucionales, empresariales y civiles en favor de posicionar a la cultura como parte irrenunciable de nuestra vida, y de arraigarla en nuestra conciencia como un elemento fundamental –que de hecho lo es- para nuestro bienestar y el de nuestros hijos, pero al final de cuentas, no han logrado a cabalidad tal cometido porque navegan contra corriente en aguas donde el humanismo no es precisamente el sentido que lleva el caudal, ya que en la cartografía social, política, económica y educativa de nuestro Chihuahua en este siglo XXI, todos los afluentes llevan a un enajenante proceso de deshumanización materialista donde el poder y el dinero se persiguen como un fin supremo que justifica cualquier medio por truculento, violento o nocivo que este sea.
La inmediatez lleva a una nula perspectiva de futuro, las acciones políticas y económicas actuales no están hechas para trascender, sin embargo, la cultura sí; el trabajo constante de los creadores que materializan el pensamiento y la sensibilidad en obras plásticas, arquitectónicas, artesanales o literarias, y en manifestaciones teatrales, musicales o dancísticas, es lo que a lo largo de la historia ha venido conformando nuestra identidad y nuestro patrimonio. Recordemos que el arte, en sus concepciones realistas, o surrealistas, concretas o abstractas, bellas o grotescas, académicas o populares, no es otra cosa que una síntesis de la realidad a la luz del momento histórico en el que la obra artística es realizada.
Sea por el simple y natural impulso del ego o por una actitud genuina de compromiso social o de denuncia, el artista devuelve su obra al público, como un espejo devuelve el reflejo a quien lo mira. Si el acto es íntimo o masivo da lo mismo, de cualquier modo su efecto será multiplicador en la escala que deba serlo, e irá más allá del acto para quedar grabado en el alma de quien lo disfrute y sumarse a otras experiencias estéticas propias y ajenas, conformando así, eso que gustamos de llamar conciencia o memoria colectivas.
La cultura prevalece a costa de lo que sea como un blindaje sólido y luminoso capaz de protegernos de lo que como sociedad nos hace daño; el arte florece a la luz de la libertad de expresión o a la sombra de la censura, la diferencia radica en el valor y el reconocimiento que como sociedad le brindemos, en los espacios que instituciones, medios, empresas, asociaciones e individuos conquistemos para sus diversas expresiones, de la misma manera en que la expresión artística es capaz de conquistarnos.
El artista es generoso, seamos generosos con su obra, apreciándola, fomentándola, preservándola y difundiéndola. Finalmente los beneficiarios somos nosotros, nuestra comunidad que sólo a través de la revaloración y del reconocimiento de su identidad cultural, podrá forjar una plataforma hacia la reconquista de su dignidad y la rectificación del camino hacia su trascendencia.

