A mediados de los 80s, mi padre, el pintor Alberto Carlos, realizaba por compromisos profesionales, un viaje que le llevó varios días de ausencia de la ciudad. En esos días, pasó por la casa un vendedor sureño que cargaba a sus espaldas un envoltorio muy grande, y andaba de puerta en puerta pidiendo ayuda económica para poder regresar a su tierra, ya que había sido víctima de un robo que le había dejado sin recursos para el viaje. A mi madre le conmovió la situación de aquel hombre, pero a la vez le llamó la atención el rollo que traía cargando en la espalda; el producto era papel amate, una suerte de papiro tradicional elaborado en el sur del país que consiste en corteza de árbol cocida, aglutinada y aplanada en forma de hojas, en un proceso totalmente manual, que eran utilizadas en la época prehispánica para dibujar los códices, narrativas gráficas que han sido encontradas casi intactas cientos de años después de su creación, lo que hace evidente la gran capacidad de preservación y durabilidad que tiene este material.
Por el proceso rudimentario con el que es fabricado, el papel amate, en sus diferentes tonalidades en la gama de los ocres, tiene una textura rugosa que le genera muchas formas caprichosas e irrepetibles; no hay una hoja igual a otra, incluso el que hoy se hace de manera industrial, si bien menos rugoso y con mayor diversidad de tonalidades artificiales, es igualmente diverso en los dibujos que le brindan los fragmentos de corteza o de pulpa de celulosa que lo componen.
Mi madre, sorprendida por la textura del papel, pensó que a mi padre le podría servir para algo, y en afán de ayudar al desafortunado vendedor, le compró los varios metros que llevaba encima, pensando que si mi padre no le daba uso, ella podría encontrarle algún destino útil.
Cuando mi padre regresó de su viaje, mi madre le mostró el papel que había comprado. Artista al fin, y con la gran imaginería plástica que le caracterizaba, mi padre quedó sorprendido con el enorme potencial estético que aquel material podía aportar a su creación pictórica. Ya anteriormente, y de manera casi premonitoria, había experimentado lo que él denominaba pintura de rescate, que era el trazo sobre un plano, de una serie de manchas caóticas creadas con diferentes tintas que posteriormente observaba para rescatar de ellas, a través de trazos, resaltes, sombras y texturas, las figuras que la mancha, a través de su imaginación, le sugería. De ahí surgieron una serie de óleo tintas que marcaron una etapa importante en su propuesta estética, además de prácticamente significar su regreso a los lienzos en la segunda mitad de los setentas, después de casi ocho años de una prácticamente nula actividad artística, consecuencia de su gestión como director de Bellas Artes de la UACH, cargo que le ocupaba todo su tiempo y su pensamiento.
El amate representó una continuidad, y aún más allá, una consolidación de ese proceso de búsqueda que era la pintura de rescate. Desde las primeras obras creadas en amate, la decisión de trabajar con técnica mixta y materiales y sustancias tanto alternativas como convencionales, potenció de manera exponencial las posibilidades creativas de esta nueva aventura plástica que tuvo su presentación en sociedad a través de una exposición, hacia 1986, denominada "Amates Barrocos", la cual fue un rotundo éxito, no solo en ventas, sino en comentarios, en críticas positivas y en reseñas publicadas en los diferentes medios de comunicación de la época en Chihuahua y en otros estados del país y del sur de Estados Unidos, donde la colección fue exhibida.
Alberto Carlos continuó explorando y depurando esta técnica durante el resto de su vida, de tal manera que pueden encontrase en su amplio catálogo, amates pintados en la segunda mitad de los ochentas o en diferentes momentos de los noventas, siendo los últimos, los creados en el año 2000, a pocos meses de su deceso el 16 de noviembre de ese mismo año.
En los amates de Alberto Carlos podemos observar, basados en la línea del tiempo, una constante evolución, un notorio enriquecimiento temático y una vuelta al auténtico origen de las bellas artes que es mirar el mundo a través de una imaginación dotada de cultura, y de una inquebrantable capacidad de asombro.

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