viernes, 26 de marzo de 2010

A Rafael Ávila (in memoriam)

Antes, la edad de los "que en paz descanse" empezaba por allá por los 60 ó los 70 años, pero en estos andares por los caminos de la cultura, las brechas generacionales se difuminan hasta casi desaparecer. En este mundillo entrañable, las buenas conversaciones alrededor de una taza de café o de un buen tinto forjan amistades de todas las edades, estratos, géneros y hasta patologías. De esta forma, mi círculo de amigos comprende desde personas que apenas rayan la mayoría de edad, hasta auténticos patrimonios vivientes de la humanidad que superan las siete u ocho décadas, pero que a la sazón de una vida ejercitando las neuronas, siguen siendo tan frescos y tan lozanos en sus ideas como ya quisieran serlo varios veinte, treinta o cuarentaañeros que conozco.
Es por eso que durante el año, mi agenda acumula varios moños negros de amigos queridos que deciden emprender el viaje y nos dejan en esa especie de orfandad espiritual de la que el trovador Alberto Cortez canta con maestría en su "Cuando un amigo se va", por todos conocida, pero que a la luz de las circunstancias de edad del ahora irremediablemente ausente, la resignación llega pronto, y la tristeza del momento deja lugar a los buenos recuerdos.
Pero cuando el que se va aún no alcanza las cuatro décadas y deja brillantes proyectos inconclusos y toda una vida por disfrutar, la cosa es distinta. La ya mencionada resignación, ese proceso interior donde el razonamiento le da un apapacho en la espalda a la emoción y la tranquiliza hablándole quedito al oído, no termina de llegar, al menos en el corto y mediano plazos.
Rafael Ávila era un personaje de esos que se dan uno por década y que van, los muy canallas, imprimiendo su huella indeleble en el alma de quienes tenemos la fortuna de conocerlos. Al grito de "quiero gozar, aunque sólo sea de demasía" el moreno, desparpajado y corpulento poeta sabía que iba a morir joven; dos comas al hilo y una agresiva pancreatitis no le auguraban en absoluto posibilidad alguna de longevidad, lo que le llevó a vivir de prisa sus 36 años sin frenos y sin censuras. Sus legendarias juergas, sus ingeniosos aforismos y su capuccino de dos tiempos, se conjugaban con su preclara e innovadora poesía, así como sus apasionados y altamente fructíferos esfuerzos en la revaloración y la promotoría de las más pintorescas y transgrersoras formas del arte popular. Era un emprendedor de riesgosas hazañas culturales en las que la polémica no se hacía esperar y por ende, eran el plato preferido de la prensa y un verdadero imán para la atracción de públicos. En alguna entrevista radiofónica que tuve el gusto y el honor de realizarle, le bauticé como "El Zar de la contracultura chihuahuense", título que le daba mucha risa, de esa que deja entrever un cierto orgullo.
El Rafa se pasaba por el arco del triunufo las brechas generacionales y lo mismo se le veía donjuaneando con chicuelas de 18 o con distinguidas damas treintañeras, que entablando serias y profundas conversaciones con ilustres personajes del pensamiento y la creación artística locales, nacionales e internacionales, o bien, practicando la "gozancia" en la escandalosa frivolidad de un table dance, o en la simple pero entrañable plática de café en la que arreglábamos el mundo con la fórmula mágica de dos cucharadas de azúcar, dos de crema, y un buen tema del cual hacer escarnio.
Vecinos de oficina, sólo un cristal demarcaba nuestros respectivos territorios, y de las nueve a las tres, la jornada transcurría en medio de puntadas, versos, sarcasmos, risas y grilleros contubernios, que a la postre, desembocaban en alguna idea seria que terminábamos materializando en algún evento o actividad donde el trabajo dejaba de ser tal, y se convertía en un thriller en donde éramos Rafa e Iván versus el clan infernal de la burocracia normativa y administrativa, que era nuestra peor enemiga y a la que siempre derrotábamos heroicamente, saliéndonos con la nuestra y brindando por ello con una copa de vino al final de cada evento.
Eran la 6:45 de la mañana de un día a finales de marzo de 2005, cuando me notificaron de su partida. Tras una neumonía diagnosticada a destiempo, Rafa decidío liberarse del cuerpo que le traicionaba, y emprendió el vuelo hacia la eternidad, dejándonos a los pobres mortales acá abajo recordándolo por siempre y celebrando su vida cada vez que la "gozancia" nos trae al corazón alguna de sus anécdotas, alguno de sus aforismos o algún verso travieso, transgresor y lúdico de su luminosa poesía.
Gracias Rafa, por siempre. No descanses en paz, eso no va contigo; por el contrario, donde estés, sigue practicando la gozancia a nuestra salud, aunque solo sea en demasía.

miércoles, 24 de marzo de 2010

De como los shaamanes se apoderaron del cable

Un día, por allá por los inicios de los años noventa, la televisión por cable se vistió de gala para dar paso a la versión hispana (traducida) de un canal de divulgación científica con documentales y programas producidos mayormente por la BBC de Londres. Había nacido el Discovery Channel y con él, un hito en la forma de hacer televisión de contenido con formatos amenos y novedosos. La seriedad con la cual se trataban temas de astronomía, ecología, tecnología, historia y antropología, entre otros, lo posicionó como un canal serio e incuestionable en su credibilidad.

Al poco tiempo, la misma cadena productora apuesta a la continuidad y la diversidad y al amparo de la misma fórmula, comienza a trasmitir otros canales un tanto más especializados como el History Channel, el Discovery Healt, seguidos por la versión televisiva de la prestigiada revista National Geographic, entre otros no menos célebres y formativos, muchos de ellos todavía al aire en la actualidad.

A finales de los noventa y principios del 2000, en medio de una vorágine de incipientes cable-canales, algunos buenos, otros malos y otros peores, de todos los estilos, temáticas y formatos, hace su aparición en la barra un canal que bajo el nombre de "Infinito", comienza a trasmitir programas con temáticas metafísicas, esotéricas, chaamánicas, pseudohistóricas, y hasta ufólogicas, tratadas con una aparente seriedad en su formato, pero ampliamente cuestionables en la fundamentación de sus argumentos para quienes estábamos acostumbrados al nivel de seriedad de los canales hasta ese momento dedicados a la divulgación de temas humanistas y científicos.

De pronto, pasados unos pocos meses de la aparición de "Infinito", seguramente presionados por la psicosis del rating, Discóvery Channel en un primer momento e History Channel un corto tiempo después, comienzan a transmitir programas especiales sobre estudios de fenómenos metafísicos, pseudocientíficos y paranormales.

Los televidentes cautivos de la televisión científica tuvimos la ingenua idea de que dichos programas iban a ser una especie de contrapunto de las propuestas de Infinito, y que su función sería la de desenmascarar historias fraudulentas o cuestionables, lo cual prometía un panorama interesante de debate y de reflexión entre dos formas distintas de entender la realidad; pero cual no sería nuestra sorpresa, cuando resultaron versar sobre lo mismo que los primeros, con un mejor maquillaje y una más elaborada producción, notoriamente superfinanciada.

Así, los criterios de la BBC quedaron en manos de productores codiciosos que transitando por el camino fácil, decidieron entreverar con las propuestas serias y veraces, programas que van directamente al morbo y que se valen de la ignorancia para posicionar creencias en asuntos poco claros y a decir verdad, con muy pocas expectativas de ser finalmente clarificados.

En el momento menos pensado, y ante el desencanto de algunos televidentes y la emoción de otros, comienzan a desfilar por la pantalla búsquedas de monstruos míticos, cacerías de fantasmas, rastreos de ovnis, vericuetos astrológicos y recuentos de profecías cataclísmicas, entre otros temas no menos misteriosos, pero todos ellos matizados con elementos tecnológicos que aparentan seguir un método científico, y que no son sino versiones digitales y con foquitos de las antiguas herramientas que utilizaban los shaamanes para encontrar agua o para realizar limpias.

El sol nace para todos y quienes gustan de las temáticas no apegadas a los preceptos científicos (me confieso lector ocasional lúdico de algunas de ellas) están en su derecho de disfrutar programas que llenen sus expectativas como televidentes, pero el mezclar dichos contenidos en el mismo canal donde otrora prevalecía la ciencia, en lugar de otorgarles un espacio de divulgación propio, es un ejercicio verdaderamente desafortunado para el televidente que ya no sabe si lo que está viendo es ciencia o pseudociencia.

El criterio correcto para resolver esta problemática tiene nombre, se llama segmentación, y es una herramienta que permite ofertar a cada quien su cada cual, y esto aplica en todos los órdenes del consumo, llámese de bienes o de servcios, lo cual incluye por supuesto a los medios de comunicación.

Paradógicamente, "Infinito", tras infectar el cuadrante del telecable, ahora cambió su concepto y ya no transmite documentales, sino series y películas con temáticas cercanas a su perfil original, pero ahora por lo menos, divulgados en el entendido de que son ficticias o dramatizadas.

Pero el daño está hecho, y DyCH, HiCH y ocasionalmente NatGeo, continuan traicionando su esencia en nombre de la una diversidad temática, más producto de la avariciosa ingerencia de una mercadotecnia malentendida que de un auténtico diseño mediático en el cual se demarque la diferencia respecto de los contenidos anodinos y comerciales de la televisión abierta, en el entendido de que el usuario del cable (y esto también es mercadotecnia) paga por esa diferencia.

Apología del pasado, negación del presente

Cuando era chico, un aula de 55 estudiantes me parecía insufrible, la clase de historia se volvía un galimatías entre avioncitos de papel, recaditos y murmullos. Fechas, personajes, hechos, datos, cifras y demás elementos teóricos desfilaban al pasar de los minutos hasta completarse la hora-clase, y pasar al siguiente tormento que bien podía ser matemáticas, español o naturales.
Hoy, treinta y tantos años después, me encuentro en medio de una clase de historia en la que el aula tiene más de cien millones de alumnos, no menos relajientos, distraidos y ruidosos. Las celebraciones centenarias, bicentenarias y tricentenarias han convertido a México en el aula de historia más grande jamás imaginada.
Cientos de programas sociales, educativos y culturales giran alrededor de la efemérides como si no hubiera nada más que hacer ni en que pensar que no sea la apología de un pasado histórico lleno de independencias simuladas y de revoluciones inconclusas; de discursos demagógicos y documentos políticos y legislativos bienintencionados, pero nunca llevados a la práctica a cabalidad. Celebramos una historia en la que prevalecen las enunciaciones por encima de las realizaciones; el culto al personaje por el personaje mismo, y por encima de un acercamiento crítico a su obra y las consecuencias históricas de la misma.
Desde muchos escritorios, funcionarios de organismos públicos, civiles y privados, organizan programas, comités, rutas, etc., y llevan la historia a niveles carnavalezcos y fetichistas que a la vieja usanza de las quemas de Judas y de los viacrucis de Semana Santa, presentan, o más bien, representan los hechos históricos en superproducciones caricaturezcas con personajes de tamaño natural, en las cuales se escenifican desde sus bodas, hasta sus sus tragedias, pasando por las parrandas que se corrieron a su paso por los pueblos de la atribulada patria, y hasta las siestas que durmieron debajo de algún árbol o la pernocta en algúna casona, cuyos respectivos troncos y tapias son ahora merecedores de convertirse en museos de sitio para orgullo del muncipio que otrora, "en aras del progreso", habría pensado en derrumbarlos para construir algún estacionameinto o alguna gasolinera, antes de ser detectados por el INAH y pasar a formar parte de estas patrióticas, pero efímeras celebraciones.
En este marco de teatralidad histórica, a Villa lo matan en Parral a cada rato, no solo en las Jornada Villistas, donde por cierto, se escenifica la gran cabalgata con jinetes, caballos, pastura, estiercol y todo; a Hidalgo lo mandamos al paredón cada mes de julio, y a Juarez lo paseamos por las brechas polvorientas del estado en una réplica de su carruaje, esto sin contar con los performances históricos que propios y ajenos disfrutan en los trolleys turísticos a cargo de jóvenes actrices y actores talentosos, pero que no dejan de ser finalmente caricaturas hechas para entretener al turismo, so pretexto de contar la historia.
No tengo datos precisos, pero imagino que los demás estados del páís andan por los mismos esquemas, sumando entre todos una inversión económica cuantiosa en aras de lo que llaman revaloración de la historia, una acción innegablemente necesaria, pero llevada a la práctica de manera visiblemente acartonada, y en un momento en que las fracturas políticas, sociales y morales de la sociedad presentan otra gama de necesidades que requieren con urgencia de ser atendidas, las más, deasfortunadamente a destiempo, tras haberlas dejado crecer y multiplicarse al amparo de ojos distraidos por el empeño de hacer lucir a un país mediante la parafernalia, el maquillaje y la simulación, más que por su progreso y por su aportación real a la construcción de un presente en el cual la historia sea tomada como una auténtica balanza que cojugue de manera inteligente y prospectiva los aciertos y los errores del pasado, en un conocimiento revalorado y reordenado que nos ayude a caminar hacia el futuro sin tropezarnos, como antaño y como siempre, con las mismas piedras.