miércoles, 24 de marzo de 2010

Apología del pasado, negación del presente

Cuando era chico, un aula de 55 estudiantes me parecía insufrible, la clase de historia se volvía un galimatías entre avioncitos de papel, recaditos y murmullos. Fechas, personajes, hechos, datos, cifras y demás elementos teóricos desfilaban al pasar de los minutos hasta completarse la hora-clase, y pasar al siguiente tormento que bien podía ser matemáticas, español o naturales.
Hoy, treinta y tantos años después, me encuentro en medio de una clase de historia en la que el aula tiene más de cien millones de alumnos, no menos relajientos, distraidos y ruidosos. Las celebraciones centenarias, bicentenarias y tricentenarias han convertido a México en el aula de historia más grande jamás imaginada.
Cientos de programas sociales, educativos y culturales giran alrededor de la efemérides como si no hubiera nada más que hacer ni en que pensar que no sea la apología de un pasado histórico lleno de independencias simuladas y de revoluciones inconclusas; de discursos demagógicos y documentos políticos y legislativos bienintencionados, pero nunca llevados a la práctica a cabalidad. Celebramos una historia en la que prevalecen las enunciaciones por encima de las realizaciones; el culto al personaje por el personaje mismo, y por encima de un acercamiento crítico a su obra y las consecuencias históricas de la misma.
Desde muchos escritorios, funcionarios de organismos públicos, civiles y privados, organizan programas, comités, rutas, etc., y llevan la historia a niveles carnavalezcos y fetichistas que a la vieja usanza de las quemas de Judas y de los viacrucis de Semana Santa, presentan, o más bien, representan los hechos históricos en superproducciones caricaturezcas con personajes de tamaño natural, en las cuales se escenifican desde sus bodas, hasta sus sus tragedias, pasando por las parrandas que se corrieron a su paso por los pueblos de la atribulada patria, y hasta las siestas que durmieron debajo de algún árbol o la pernocta en algúna casona, cuyos respectivos troncos y tapias son ahora merecedores de convertirse en museos de sitio para orgullo del muncipio que otrora, "en aras del progreso", habría pensado en derrumbarlos para construir algún estacionameinto o alguna gasolinera, antes de ser detectados por el INAH y pasar a formar parte de estas patrióticas, pero efímeras celebraciones.
En este marco de teatralidad histórica, a Villa lo matan en Parral a cada rato, no solo en las Jornada Villistas, donde por cierto, se escenifica la gran cabalgata con jinetes, caballos, pastura, estiercol y todo; a Hidalgo lo mandamos al paredón cada mes de julio, y a Juarez lo paseamos por las brechas polvorientas del estado en una réplica de su carruaje, esto sin contar con los performances históricos que propios y ajenos disfrutan en los trolleys turísticos a cargo de jóvenes actrices y actores talentosos, pero que no dejan de ser finalmente caricaturas hechas para entretener al turismo, so pretexto de contar la historia.
No tengo datos precisos, pero imagino que los demás estados del páís andan por los mismos esquemas, sumando entre todos una inversión económica cuantiosa en aras de lo que llaman revaloración de la historia, una acción innegablemente necesaria, pero llevada a la práctica de manera visiblemente acartonada, y en un momento en que las fracturas políticas, sociales y morales de la sociedad presentan otra gama de necesidades que requieren con urgencia de ser atendidas, las más, deasfortunadamente a destiempo, tras haberlas dejado crecer y multiplicarse al amparo de ojos distraidos por el empeño de hacer lucir a un país mediante la parafernalia, el maquillaje y la simulación, más que por su progreso y por su aportación real a la construcción de un presente en el cual la historia sea tomada como una auténtica balanza que cojugue de manera inteligente y prospectiva los aciertos y los errores del pasado, en un conocimiento revalorado y reordenado que nos ayude a caminar hacia el futuro sin tropezarnos, como antaño y como siempre, con las mismas piedras.

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